*entrevistas al borde*

Entrevista de Juan Revol* a Maximiliano Castro**, sobre su reciente libro Solitarios y Manadas.

10/10/2017

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Solitarios y Manadas (Borde Perdido Editora), la ópera prima de Maximiliano Castro, es un libro singular. Sus ocho cuentos presentan a personajes muy dispares entre sí: desde extraterrestres que tienen a la tierra por objeto de estudio, hasta hombres cuarentones que salen de juerga para escaparse de sus problemas conyugales. Con una escritura que se zambulle constantemente en las aguas de una conciencia filosófica honda y turbia, las historias se despliegan paseándose por distintos géneros con total naturalidad. En los cuentos, la soledad existencial de la humanidad es discutida desde ángulos y registros diferentes; haciendo de la incertidumbre de la especie un motor inigualable de creación.

En algunos cuentos de Solitarios y Manadas, varios elementos de la ciencia ficción están muy presentes. Sin embargo, el trabajo con el género pareciera no enfocarse tanto en sus posibilidades argumentales, sino más bien en su potencia filosófica. ¿Qué preguntas te interesa hacerle a la ciencia ficción?

Sí, algunas de las cosas que escribo encuadran en ese género. Algunos cuentos nuevos, también. Creo que la ciencia ficción favorece la reflexión acerca de la especie humana, de nuestro destino colectivo, y permite mirarnos con una visión macroscópica. Los mundos posibles del género exigen cierto distanciamiento, o cierta amplitud de mirada, que resulta útil para pensarnos como grupo. Así que, volviendo a tu pregunta, me sirvo de este acuerdo narrativo para indagar en los seres humanos en general, más allá de los individuos. Estudiar, poner a prueba en un escenario inexistente pero verosímil, futuro, nuestras características intrínsecas, nuestro potencial para mal y para bien, para investigar nuestra situación y nuestra posición ante la existencia, ante la realidad. Cuando quiero estudiar al individuo, prefiero otros convenios ficcionales, que encuentro más íntimos. Sobre todo, el realismo y algunos de sus subgéneros.

Varios de tus personajes están en busca de un significado que los trascienda ―o, como mínimo, que los explique―. En esta búsqueda, la psicología aparece como disciplina que permite estudiar esta necesidad de significar. ¿Cómo es la relación entre la psicología, tu profesión y la escritura en tu literatura?

No soy licenciado en psicología. Pero sí entiendo que, en la práctica, soy un psicólogo, como soy un filósofo y un artista. Siempre autodidacta. Me dedico al coaching personal y paso muchas horas todos los días estudiando, cavilando y experimentando con la mente y sus efectos sobre la realidad percibida. A ese entrenamiento filosófico, llegué por mi necesidad de comprender el sentido de la vida, la función del humano en la Tierra, el qué, el por qué y el para qué de mi existencia. Siento un impulso natural, casi un mandato, de experimentar la plenitud, de sacarle la ficha y comprobar mis descubrimientos, y de enseñar a otros mis aprendizajes. Así que sospecho que también me sirvo de mis personajes para, puestos en situación, comprenderme a mí mismo en lo que tengo de singular y de compartido con mis congéneres. Es muy útil porque puedo aprender del sufrimiento sin que nadie real deba sufrir.

En línea con las dos preguntas anteriores, en tu escritura hay una constante interrogación sobre la función del arte en general ―y la literatura en particular―. ¿Cómo pensás la relación entre literatura y vida?

Es una pregunta para la que no tengo una respuesta definitiva. Justamente, a través de lo que escribo intento construir mi posición al respecto. El arte es una inclinación propia del ser humano. Eso, esa condición de impulso natural, esa inevitabilidad, esa garantía de perduración, me parece muy valioso como para pensarlo con descuido. Quizás el arte ha perdido influencia en la construcción de las sociedades porque los artistas comenzaron, en algún punto del pasado, a desconfiar de la potencial trascendencia del arte, y se pusieron a crear obras con la prioridad de entretener al público. Sin embargo yo entiendo que el arte, la filosofía, la ciencia, la espiritualidad, son nuestros grandes vehículos hacia la comprensión de la existencia. Y no veo porqué el arte no «deba enseñar nada», como muchos piensan, con perfecta validez. Quizás no deba enseñar de manera directa, con la pedagogía de las fábulas o los manuales, pero sí puede ser fuente de conocimiento y considero un empobrecimiento que, pudiendo, no lo sea. En este sentido, adhiero a la idea platónica sobre el deber ético y cívico del artista, sin rigidez al punto de molestarme que otros artistas piensen y obren diferente. Por otra parte, ahora que lo pienso, mi mayor preocupación es el poder de la palabra para influir positiva o negativamente sobre las psicologías y, por tanto, sobre las experiencias y las realidades que construimos. Me ocupo con atención de crear universos que no nieguen la belleza y la bendición de existir, ni promuevan la desesperanza.

Muchos de tus personajes hablan sobre el mundo desde una distancia ―el extraterrestre que llega a la Tierra en “Informe captado por una sonda”, el escritor J. P. Forns en “Vida de un lector”, el hombre que busca interpretar a Lucía en “Reconocimiento”―, como si no supieran acercarse a la realidad sin antes teorizarla. ¿Qué valor tiene esta incomprensión en tus cuentos?

¡Es que así soy yo! Tengo como un filtro científico bastante insistente, unos anteojos analíticos con los que intento vivir, sentir, comprender y elaborar conocimiento a partir de eso, todo en el mismo momento. Por eso tal vez me gusten tanto los estados alterados de conciencia. Además, en lo relativo a la obra misma, esa distancia reflexiva da la pauta de qué busco en la literatura, cuál es mi propuesta.

Los animales ―particularmente, en “Una exégesis”― parecieran ser portadores de una sabiduría de la que los humanos carecen. ¿Qué papel cumple la naturaleza en tu literatura? ¿Qué relación creés que entabla con la técnica humana?

No considero que los animales ni los elementos naturales sean más sabios que nosotros. Sí, probablemente, están más ordenados, son más coherentes. Y son portadores de un impulso de realización muy presente en los humanos también ―animales mayores después de todo, constituidos de elementos naturales―, que nos permite saciar hambres primarias y remotas. Antes mencioné al arte, la ciencia, la filosofía y la espiritualidad como vehículos para la comprensión trascendental de quiénes somos, adónde vamos, para qué existimos, e incluyo ahora el instinto: las fuerzas animales y elementales en nosotros, su pulsión incesante, me atraen con fuerza y entiendo que también ahí hay un laboratorio para estudiarnos, o quizás son esas fuerzas instintivas el movimiento, el material que podemos observar desde aquellos pilares del conocimiento, con el propósito de entendernos.

El último cuento, “Manada”, es un excelente retrato de los fracasos de la vida conyugal. Además de en ese, hay una especie de soledad que aparece como tema ―o, quizás, como pulsión― en varios de los cuentos: ni siquiera estando en manada los personajes pueden dejar de sentirse solos. ¿Por qué fundar a los personajes sobre el pilar de esta soledad?

Supongo que porque así nos veo. Pero no leo algo trágico en esa soledad intrínseca, innegociable, entre uno mismo y la existencia, entre uno mismo y la nada o el todo. Prefiero una perspectiva práctica, y encuentro en ese fenómeno un indicio de la necesidad de conocernos, como proponía Sócrates. De la prioridad de conocernos.

Solitarios y Manadas es tu primera publicación. ¿Escribís hace mucho? ¿Cómo fue el proceso de escritura de estos cuentos? ¿Qué autores considerarías tus influencias?

Escribo desde la adolescencia. Hace dieciocho años decidimos, dos amigos del secundario y yo, armar entre los tres un libro de cuentos, y desde entonces no dejé de escribir, se convirtió en una meta vitalicia y existencial. Noto que ese propósito dota de sentido en gran medida mi paso por la Tierra. El detalle es que quizás puse demasiada alta la vara de la calidad, jaja, y todo lo que escribí en estos casi veinte años me parece impresentable, excepto los cuentos de Solitarios. Los escribí un poco sin proponérmelo, durante los últimos cuatro años más o menos. Como no me tracé un plan de escritura concreto del libro (venía de la decisión de descartar una novela en la que trabajé durante cinco años, y estaba desesperanzado), los cuentos fueron surgiendo de episodios que la vida me iba acercando y que me interesó registrar, como una anécdota de fin de semana que me contó un compañero del equipo de fútbol en el que jugué un breve tiempo, o la lectura de la Autobiografía de un yogui, de Paramahansa Yogananda (una obra genial), o un par de casos psicoterapéuticos atractivos, o la observación del comportamiento de unas hormigas que hicimos una tarde mi compañera y yo en las sierras de Córdoba, o unos días veraniegos de escritura y chapuzones que pasé en la casita que mi familia tiene frente al lago, etcétera.

Sobre las influencias, no lo sé. Me gustan mucho las obras de Thomas Mann, de Juan José Saer, de Borges, de John Cheever, de Carver, de Bukowski, de Albert Camus, y seguro que todos ellos me susurraron algo al oído mientras escribía estos cuentos.

** Maximiliano Castro nació en Río Cuarto, en 1982. Uno de sus cuentos, «Manada», fue incluido en la antología La Ciudad Ficcional (2015), editada por Cartografías. Ha escrito la novela experimental «Urdir un Pájaro», la nouvelle «Crepúsculo de Eugenio Blandes», y el poemario «Unas Hojas Sueltas». Esas obras permanecen inéditas. «Solitarios y Manadas» reúne textos escritos entre 2012 y 2016. Es el primer libro que publica.